martes, 14 de julio de 2015

No me condenes.

Un salvaje carmín de tupida
sonrisa,
vapuleado por un desesperado
fluir,
llevado al cenit por el sentido
más eufórico.

Los surcos ya no son rayos,
las soflamas invitan a
la decadencia,
los discípulos de Caronte
se adueñan de las almas
perdidas.

Vestir con versos para
morir sin besos.
¡Oh, sí! 
¡Qué decrépita necedad!
¡Qué ridícula liturgia! 

No me siento a escuchar
al  mundo.
No inclino el torso ante
los iletrados,
pero, sí, sí vivo porque
insisto, porque existo...
porque resisto.

No me condenes sin
haberme escuchado,
no me juzgues sin
haberme leído.

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